La imperfección de Steve Mono
#ESABELLEZA - 02/12

Tradición en clave contemporánea. A través de su firma de accesorios, Gonzalo Fonseca  nos cuenta la historia de una España pausada.

De Grazalema a Tokio. Gonzalo Fonseca viaja por España en busca de pequeños talleres en los que poder confeccionar accesorios clásicos adaptados un estilo de vida actual. En cada uno de ellos recoge el espíritu de la vida de los pueblos para luego ofrecerlos a un cliente cada vez más internacional.  Ser coherente, focalizar y saber a quién te diriges son las claves indispensables para gozar de una firma con un recorrido sólido y solvente. Hablamos con el diseñador sobre esta marca atemporal, funcional y sostenible que sabe cómo hacer bien las cosas.

¿Cómo nació ‘Steve Mono’?

Cuando surgió la marca yo trabajaba como diseñador gráfico, así que no me apetecía ponerle mi nombre al proyecto. Empezó como una firma para hombre, muy dirigida al trabajo: maletines, portafolios, etc. Yo también era ilustrador en aquella época, así que dibujé el personaje inventado de Steve Mono. Me imaginaba su vida. Una especie de alter ego que, de alguna forma, ya se ha apoderado de mí.

¿Y cómo era su vida?

A mí siempre me ha gustado la figura del oficinista, como en la película el ‘El apartamento’ (Billy Wilder, 1960), con aquellas grandes oficinas, con percheros donde dejaban el abrigo y el sombrero.

Gran parte de tu trabajo consiste en viajar por España. ¿Sigues buscando nuevos talleres?

Sí. De hecho ayer estuvimos en Alicante, punto nuevo para la marca. Porque con esta obsesión por trabajar con empresas pequeñitas, hace que nuestra capacidad de realización sea limitada. Entonces hay que buscar alternativas y sitios en los que probar cosas nuevas. Para nuestros diseños queremos esa tradición única en la edición de piezas y de objetos que aportan los artesanos. Trabajamos con talleres en Bilbao, Madrid, Cáceres, Cádiz y Alicante, especialmente en el terreno rural como Mas de las Matas, Grazalema, Ubrique, etc.

¿Se percibe en ellos ese espíritu de la ‘España Vaciada’?

Yo soy de orígenes castellanos y mi madre es soriana, así que sí. Cuando viajo allí lo noto y es una pena. Quizá se podría incentivar más la empresa, porque son sitios en los que se vive muy bien, pero todo el mundo se está yendo. Parte de la labor de Steve Mono es contar la cultura española a partir de nuestros viajes y objetos, como la sandalia labriega, que inspira parte de nuestro calzado. Además, es cierto que  me gusta conocer la vida de las personas con las que trabajo, sus costumbres, y esa es también parte de la magia de nuestra marca.

Una visión que contrasta con la que te pueden ofrecer Florencia, Milán o Japón. ¿Cómo es manejarse en esas circunstancias?

Cuando las cosas se cuentan bien, llegan mucho más. La suerte de poder mostrar el trabajo de una empresa pequeña en una ciudad como Tokio o París es maravilloso. Muchas veces, en el mundo de la moda, nos empeñamos en revestirnos de cierto esnobismo o de idealización, pero en el fondo es todo mucho más sencillo. Las cosas bien contadas y más cercanas llegan a mucha más gente. Conocer bien tanto el producto, como la forma de realizarlo o incluso quién lo hace, es básico para que el cliente te entienda. De hecho, voy con un mapa a las ferias y cuento dónde se consigue cada cosa o quién hace cada pieza. Es una forma de saber más sobre España. Muchos no conocen más allá de Madrid o Barcelona y tú les cuentas que hay sitios como Cáceres o Alicante que están cerca, en los cuales se hacen cantidad de cosas, y les encanta.

¿Y cómo se cuentan bien las cosas?

A mí encanta contar la marca desde los objetos. Creo que se cuentan a través de imágenes inspiradoras que nos llevan a ese mundo, a ese terreno, pero siempre a través de un filtro de contemporaneidad. Algo que se entiende, por ejemplo, a través de nuestros hashtags en redes -#therealmodern, #backtoroots o #newclassics- y que dan pistas de nuestro concepto de modernidad. No me gusta caer en los tópicos de vintage, ni de hipster, etc. Es un tema de autenticidad que pasa por hacer cosas bien hechas, con alma, y para una vida atual. No puedes pretender que la gente viva como en los años 30 o 40, pero sí rescatar ese espíritu del respeto por las cosas y su duración. A veces cuesta que las ideas se fijen. Por ejemplo, algunas piezas no se venden la primera temporada y hay que insistir para asentarlas y que el cliente por fin las aprecie.

¿Por qué gusta la estética de Steve Mono?

Imagino que porque es fiel a la marca. Quiero creer que no es pretenciosa, pero a la vez transmite cosas. Cuando voy a ferias me hablan de la coherencia de la marca y esa quizá es la labor que más cuesta. Cuando tienes acceso a talleres, a piezas, a pieles, a técnicas, a materiales, etc. poner es fácil, pero quitar o saber depurar es lo complicado. Ante el tremendo abanico de posibilidades que hay, nuestra labor es la de focalizar muchísimo. Puedes hacer muchas cosas bonitas, pero si no tiene nada que ver con tu marca, das palos de ciego. Es importante seguir la estela que te has marcado y que te señalan también los clientes. Es una buena manera de fidelizarles.

¿Cómo te ayuda el diseño gráfico a armar ese discurso y darle coherencia?

Mucho. Yo parto del tema gráfico. Por mi experiencia como diseñador, toda mi vida ha estado ligada al papel. De hecho la marca se fundó con unos fundamentos muy gráficos y cuando hace 3 años se hizo esa especie de reinvención de la marca, de asentar muchos conceptos y de volver a los orígenes, el primer punto de partida fue ese. Es más, muchos clientes nos dicen que coleccionan los desplegables que realizamos en papel. Los que hemos crecido más con papel que en pantalla, el reto con el que nos encontramos es saber transmitir lo mismo en un soporte que en otro. En cualquier caso, defiendo que lo digital y lo físico pueden y deben convivir.

La red de venta internacional de Steve Mono es potente. ¿Cuál es tu fórmula como empresario?

Saber bien a quién vas a dirigirte. Cuando vas a vender fuera, en una feria,  el error que comete mucha gente al principio, y que es inevitable, es deprimirte si a alguien no le gustas. Con los años aprendes que es imposible gustar a todo el mundo. Quizá porque no vengo del mundo de la moda, tengo la capacidad de que, una vez que está hecho el muestrario, me convierto en vendedor. ¿Qué te ayuda? El hecho de crear bodegones con los tejidos, las pieles, etc., con lo cual ya te estás creando un discurso para cuando llegue el momento de salir a venderlas. Y creo que eso ayuda mucho también al cliente, porque se fía mucho más de tu criterio y las compra tal y como se las planteas en feria. No piensa en hacerlas de otro color, por ejemplo. Y en ese sentido, es indiferente si el cliente es de París, de Nueva York o de Bilbao, les llega igual. Nuestra labor es ponérselo fácil al cliente: focalizar mucho. Si eres bueno en una cosa, haz solo esa cosa. Otra opción es realizar colaboraciones con otras marcas o cradores. El objetivo es vender, llegar al público. El gran reto para que una marca funcione es que alguien vaya a una tienda y compre lo que hagas. También me considero idealista, un romántico del trabajo, pero soy muy pragmático. Para seguir hay que vender. 

¿Qué busca ahora mismo Steve Mono? ¿Cuál es el siguiente paso?

Seguir pensando en cosas nuevas que sigan contando España al mundo desde diferentes puntos de vista. Lo bueno es que se puede comunicar de mil maneras. La España que más me gusta es pausada y relajada, la que mucha gente no conoce, entre ellos los propios españoles. Y los siguientes pasos son pensar en piezas objetos, accesorios que a mí me gustan y creo que se pueden reinterpretar y transmitirlos hacia fuera. Porque si se cuentan bien, pueden ser internacionales, de todo el mundo. 

¿Referencias de esa España “pausada y relajada”?

La vida de los pueblos, evidentemente; la vida en los pueblos de la gente de ciudad. Creo que la gente de ciudad cuando va a un pueblo se relaja de una manera que es súper agradable, sobre todo si vuelves a orígenes. Y contarla a través de materiales. Es una España muy representada en películas y en la fotografía documental, siempre muy presente y en muchas ocasiones punto de partida e inspiración para las colecciones: Catalá-Roca y Gonzalo de Juanes, totalmente opuestos pero igualmente inspiradores. Por otra parte, están la pintura y, sobre todo, la escultura vasca; desde la pintura costumbrista de Ramiro Arrue a la escultura de Chillida y, especialmente, el universo global, la obra y la persona misma de Jorge Oteiza. También el hiperrealismo madrileño y la arquitectura de principios del siglo XX, cuando España era moderna de verdad.

En cuanto al oficio ¿Existe conciencia de gremio en el diseño en España?

No. Entre los que somos similares sí la tenemos porque hablamos de talleres, materiales o problemas comunes, clientes, etc. Sí existe ese compañerismo entre los que vamos a ferias y viajamos. Pero cuando no sales de aquí, es muy complicado porque no sabes cómo funciona el mundo real. El mundo real no es preparar una colección, hacer una desfile y salir en una revista. Es ponerse guapo para ir a ver a un cliente, pero es también saber hacer cajas y poner un precinto. Y eso es una cosa que muchas personas, cuando van a lanzar una marca, no lo quieren ver. Cuando yo comencé en diseño gráfico con 22 años, trabajaba en una asociación de empresas de moda en el País Vasco y quizá sí que teníamos más esa sensación de conciencia de gremio, porque no importaba tanto figurar como ahora. Es un problema de exceso de figuración. Me repito: lo importante es vender. El objetivo final de la moda es que alguien se lo ponga. Si se entendiera la finalidad del diseño como la venta o el uso, habría más colaboración entre nosotros. Es un poco ese concepto de la Bauhaus, de asociación, de gremio y de colaboración. De estar con gente activa y proactiva que te retroalimenta.

 

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